El Juicio Pendiente: Las Injusticias hacia los Adultos Mayores en Chile y la Moraleja Existencial que Ignoramos
En el Chile del siglo XXI, donde se celebran índices de desarrollo económico y estabilidad política, existe una herida abierta y moralmente insostenible: el abandono sistemático de nuestros adultos mayores. Son ellos, quienes construyeron con sus manos este país, quienes hoy enfrentan un cruel desamparo institucional. Municipios que diluyen responsabilidades, autoridades que esquivan compromisos, y un sistema que parece diseñado para esperar su partida antes que garantizarles dignidad. Esta realidad no es solo una falla administrativa; es un espejo ético que refleja el alma de una sociedad. Y su moraleja es inexorable: todos, sin excepción, transitaremos ese mismo camino.
La Indefensión Institucionalizada
La vida de miles de ancianos chilenos está marcada por tres injusticias estructurales:
- El Círculo de la Desprotección:
- Las municipalidades, encargadas de la atención primaria, carecen de recursos y voluntad política para programas de cuidado integral.
- El Estado central delega sin financiar adecuadamente, mientras el SENAMA (Servicio Nacional del Adulto Mayor) opera con presupuestos raquíticos y sin capacidad fiscalizadora real.
- El resultado: ancianos postrados que esperan meses por una cama básica, pensionados que eligen entre comprar medicamentos o alimentos, y casos dramáticos de abandono en residencias sin supervisión.
- La Economía del Olvido:
- El 50% de los adultos mayores vive con pensiones inferiores a $200.000 mensuales (Encuesta CASEN), condenados a la pobreza tras décadas de trabajo.
- La salud pública los revictimiza: listas de espera interminables en geriatría, falta de especialistas y terapias paliativas insuficientes. El mensaje implícito es claro: invertir en ellos “no es rentable”.
- El Pase de la Irresponsabilidad:
- Cuando un anciano denuncia maltrato o negligencia, inicia un peregrinaje kafkiano: “El municipio dice que es problema de Salud, Salud que es del IPS, el IPS que es de Vivienda…”. Esta burocracia de la desidia tiene un costo humano: soledad, depresión y muertes evitables.
La Moraleja Existencial: El Infierno de Nuestra Propia Conciencia
Aquí surge la reflexión crucial que la sociedad chilena evade: la vejez no es una abstracción; es nuestro futuro inevitable. Quienes hoy ignoran el sufrimiento de los ancianos, cometen un error trágico: olvidan que el tiempo es implacable.
- El cuerpo traicionará: Llegará el día en que las fuerzas flaqueen, las rodillas fallen y los sentidos se nublen. Entonces, dependeremos de ese mismo sistema que hoy negamos a los demás.
- La mente juzgará: La conciencia humana tiene memoria infinita. En la quietud de la ancianidad, recordaremos cada oportunidad desaprovechada para cambiar las cosas. “¿Por qué no firmé esa petición? ¿Por qué voté por quien recortó pensiones? ¿Por qué no ayudé a mi vecino?”.
- El infierno será interno: No habrá llamas mitológicas; el castigo será la lucidez de saber que, en nuestra plenitud, fuimos cómplices de un sistema que desecha a sus mayores. Como escribió Simone de Beauvoir: “Envejecemos como hemos vivido”. Si sembramos indiferencia, cosecharemos desamparo.
Conclusión: Hacia una Ética de la Vulnerabilidad Compartida
Chile enfrenta una disyuntiva moral: seguir viendo la vejez como un “problema económico” o asumirla como un pacto intergeneracional. La solución no es técnica, sino cultural:
- Exigir políticas de Estado con financiamiento real: rentas básicas universales, salud geriátrica prioritaria y residencias con dignidad.
- Romper la indiferencia cotidiana: Visitar al abuelo solo en 18 de septiembre no basta. La solidaridad debe ser activa: acompañar, denunciar abusos, presionar a autoridades.
- Internalizar la moraleja: Hoy somos testigos; mañana seremos protagonistas de ese mismo drama. La justicia hacia los ancianos es, en esencia, un acto de previsión ética hacia nosotros mismos.
Cuando el cuerpo ya no responda, y solo quede la mente en vigilia, ese juicio interno será implacable. La pregunta que define nuestro mañana es simple: ¿Qué recordaremos cuando seamos nosotros quienes esperemos, solos, una mano que nunca llega? La respuesta la estamos escribiendo hoy.
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