
El Espejismo del “Estado Dadivoso”: De la Ficción a la Realidad del Contribuyente
Una narrativa profundamente arraigada en el discurso político y mediático es la del “Estado benefactor” o “Estado dadivoso”. Frases como “el Estado te da una beca”, “el gobierno construye hospitales” o “la administración otorga subsidios” pueblan los anuncios oficiales y los debates públicos, creando una percepción de que existe una entidad abstracta, autónoma y generosa que provee de bienes y servicios a la ciudadanía. Este ensayo argumenta que este discurso no solo es conceptualmente erróneo, sino también políticamente peligroso, pues oscurece la verdadera naturaleza de la relación fiscal, que es un pacto de confianza entre ciudadanos y administración. La contundente afirmación de una exprimera ministra europea —de que el Estado no tiene dinero propio— sirve como punto de partida crucial para deconstruir este mito y reivindicar una ciudadanía consciente de su papel como principal y único financiador del bien común.
El Mito del Estado como Ente Autónomo
La personificación del Estado como una entidad con recursos propios es un artificio retórico que favorece a la clase política. Cuando un parlamentario dice “nosotros damos”, se coloca en una posición de poder y patronazgo, situando al ciudadano en un rol de receptor pasivo, casi de deudor. Esta dinámica, como señala el filósofo político **John Locke (1689) en su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, tergiversa el contrato social original. Para Locke, el gobierno se instituye para proteger los derechos naturales (vida, libertad y propiedad), y su autoridad, incluida la de recaudar impuestos, deriva del consentimiento de los gobernados. Por lo tanto, el dinero que gestiona el Estado es, por definición, propiedad de la comunidad administrada temporalmente en fideicomiso.
La líder a la que se alude, Margaret Thatcher (1987), Primera Ministra del Reino Unido, fue particularmente directa al respecto en una entrevista: “They’re spending the taxpayers’ money. There is no such thing as public money. There is only taxpayers’ money” (“Están gastando el dinero de los contribuyentes. No existe tal cosa como el dinero público. Solo existe el dinero de los contribuyentes”). Su afirmación, más allá de su carga ideológica, es una verdad contable incuestionable. El Estado no genera riqueza por sí mismo; la redistribuye. Toda inversión pública, por legítima y necesaria que sea, se financia con los impuestos de los ciudadanos, las empresas y, en algunos casos, con deuda que eventualmente deberán pagar las generaciones futuras de contribuyentes.
La Responsabilidad Profesional frente al Clientelismo
Si se internaliza que los recursos son de los ciudadanos, la obligación de las instituciones públicas ya no es “dar”, sino devolver de la manera más eficiente, transparente y profesional posible ese valor en forma de servicios públicos de calidad. El sociólogo Max Weber (1922) idealizó la administración burocrática como un sistema basado en los expertos, la jerarquía clara y la imparcialidad, donde los funcionarios sirven al interés general, no a intereses particulares o políticos.
El discurso del “Estado dadivoso” socava este principio weberiano. Al enmarcar las políticas públicas como “regalos” o “concesiones” de la autoridad, se abre la puerta al clientelismo y la politización de los derechos. Una pensión no es un “regalo” del gobierno de turno; es el derecho de un ciudadano que ha cotizado a un sistema de seguridad social. Una carretera no es una “donación” de un parlamentario; es una infraestructura pagada por la comunidad para su propio beneficio colectivo. Cuando se pierde esta perspectiva, se distorsiona la accountability (rendición de cuentas). El ciudadano deja de ser un soberano que exige calidad en un servicio que ha pagado y se convierte en un súbdito agradecido por las migajas que “le dan”.
Hacia una Ciudadanía Fiscalmente Consciente
La claridad de la exprimera ministra europea debería ser un mantra cívico en todas las democracias. Desmontar el mito del “Estado dadivoso” es el primer paso para fortalecer una ciudadanía informada, exigente y responsable. Los impuestos no son una expoliación, sino la cuota de suscripción para vivir en una sociedad civilizada. A su vez, los gobernantes, parlamentarios y funcionarios no son benefactores, sino administradores profesionales de unos recursos que no les pertenecen.
El cambio semántico es fundamental: no es “el Estado da”, sino “nosotros, como comunidad, nos proveemos de educación, salud y seguridad a través de nuestros impuestos, y exigimos que las instituciones que gestionan estos fondos lo hagan con la máxima eficiencia y honradez”. Esta perspectiva restablece la relación correcta entre el ciudadano-contribuyente y el servidor público, promoviendo una cultura de transparencia, rendición de cuentas y servicio genuino, que es el pilar irrenunciable de cualquier democracia saludable.
Dr. Bernardo Javalquinto Lagos, Prof. Adjunto UVM
BSc Economics, MBA, PhD
Economista Chileno – EEUU
Economist, Chilean, USA
+1 (786) 651 6918 USA / +56 99 155 7014 CL
Email: bjavalquinto@gmail.com
Referencias
* Locke, J. (1689). *Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil*. (Una obra fundamental de la filosofía política que sienta las bases del liberalismo y la teoría del contrato social).
* Thatcher, M. (1987). *Entrevista para la revista “Woman’s Own”*. (La entrevista donde popularizó la frase “There is no such thing as public money” es ampliamente citada y documentada, aunque a menudo se extrae de su contexto completo).
* Weber, M. (1922). *Economía y Sociedad*. (La obra donde Weber desarrolla su teoría sobre los tipos de autoridad y las características de la burocracia ideal, enfatizando la administración impersonal y orientada a reglas).
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