Todo es verdad, todo es mentira, solo depende del cristal con que se mira.

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Todo es verdad, todo es mentira: una mirada tomista sobre la percepción y la verdad

Por: Dr. Bernardo Javalquinto Lagos, PhD

“Veritas est adaequatio intellectus et rei.”
— Santo Tomás de Aquino

La verdad, decía Santo Tomás de Aquino, es la adecuación del entendimiento con la realidad. Sin embargo, la realidad no se nos presenta jamás como un absoluto inmutable; se muestra a través del prisma de nuestras experiencias, emociones, creencias y contextos. De ahí que la afirmación “todo es verdad, todo es mentira, todo depende del cristal con que se mira” encierre una profunda paradoja: lo que para unos es evidente, para otros puede ser ilusorio.

La percepción como frontera entre el ser y el parecer

El ser humano no observa el mundo tal como es, sino tal como puede comprenderlo. La percepción actúa como filtro entre la verdad objetiva y la interpretación subjetiva. Santo Tomás enseñaba que el intelecto humano, aunque capaz de alcanzar verdades universales, está condicionado por los sentidos y la experiencia.
En ese sentido, cada juicio que emitimos —político, religioso o moral— se apoya en un conjunto de filtros: el “cristal” a través del cual observamos. Dos personas pueden ver el mismo acontecimiento y llegar a conclusiones opuestas, sin que necesariamente una mienta: simplemente, miran desde lugares distintos.

Verdad relativa y verdad absoluta

Para el pensamiento tomista, la verdad absoluta solo reside en Dios, fuente del ser y del conocimiento. El hombre participa de ella de manera imperfecta, como quien contempla un reflejo parcial de la luz divina. En cambio, la verdad relativa pertenece al plano humano: aquella que se construye desde la razón y la interpretación.
Cuando afirmamos “todo es verdad”, reconocemos que cada mirada contiene una parte de esa realidad. Pero al decir “todo es mentira”, aceptamos que ninguna mirada la abarca completamente. Por eso, la sabiduría consiste en discernir sin imponer, en dialogar sin condenar, y en reconocer que el otro también porta una chispa de verdad.

El cristal contemporáneo: medios, redes y percepción social

En la era digital, los “cristales” se han multiplicado. Cada pantalla, cada red social, cada medio de comunicación filtra la realidad según intereses o ideologías. Vivimos en una época donde la posverdad domina: la emoción pesa más que el hecho, y la narrativa se impone sobre la evidencia.
El pensamiento tomista nos invita a regresar al discernimiento: contrastar, razonar, distinguir entre lo que parece y lo que es. La inteligencia crítica, aliada a la virtud, se convierte así en el antídoto contra la manipulación.

El desafío moral de mirar con otro cristal

Santo Tomás no proponía un relativismo, sino una búsqueda constante de la verdad desde la humildad intelectual. Mirar con otro cristal no significa negar la propia visión, sino abrirse a la posibilidad de que el otro también vea una parte del todo.
En política, economía o religión, este principio nos recuerda que ninguna doctrina posee el monopolio de la verdad. Todo juicio debe ser prudente, equilibrado y guiado por la razón iluminada por la ética.

Conclusión: el equilibrio entre razón y empatía

“Todo depende del cristal con que se mira” no es una renuncia a la verdad, sino una invitación a la empatía. Nos recuerda que el conocimiento humano es un proceso compartido, una construcción que se enriquece cuando escuchamos otras voces.
En un mundo fragmentado por dogmas, ideologías y redes sociales, recuperar la mirada tomista —que une razón, fe y virtud— es más necesario que nunca.
Porque la verdad, aunque una, se refleja en mil cristales. Y solo quien aprende a mirar con varios a la vez puede acercarse verdaderamente a ella.

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